viernes, 7 de diciembre de 2012


SOÑAR CON BRUCE

Anoche soñé con Bruce Springsteen. Desde 1988 que le vi en el Camp Nou, he soñado con él muchas veces. Al principio sólo de vez en cuando, sin que hubiera ocurrido nada durante el día que me lo recordara, él aparecía con sus pantalones vaqueros y una camisa con las mangas recogidas casi hasta los hombros. Solía haber mucha gente, como si fuera uno de sus conciertos, y entonces él me miraba, me hacía un gesto con la mano y cuando me acercaba me cogía en brazos. Sólo eso, me cogía en brazos como se recoge a una niña que se ha caído por las escaleras al bajar corriendo hacia la escuela y se siente dolorida y humillada delante de sus amigas. No recuerdo cómo seguían esos sueños, pero sí que me despertaba siempre reconfortada, con los pies calientes y el corazón contento.
Desde hace aproximadamente un año sueño con Bruce cada noche de sábado. Si me hicieran ahora mismo una encuesta y me preguntaran con qué frecuencia hago el amor, contabilizaría esos sueños y respondería que al menos una vez a la semana. No tengo conciencia de si hay sexo entre él y yo, pero sí lo vivo como una de las experiencias más placenteras de la semana. Con el tiempo he aprendido a anticipar ese placer a la vigilia previa y así, no consigo nunca ver cómo acaban las películas del sábado por la noche; me meto tan pronto como puedo en la cama, me abrazo a la almohada y me hago un ovillo bajo el edredón. Tengo comprobado que en verano sueño peor y ya he descubierto que es porque no siento el peso de la colcha encima, así es que, haga el calor que haga, los sábados toca abrigarse y sudar para que el encuentro con Bruce sea tan bueno como el mejor abrazo. Mi marido no sospecha nada, claro; se limita a poner caras largas cuando me ve irme a las diez y media a la cama y a tirar de las mantas cuando se acuesta. Tampoco yo le he dicho nada; qué le iba a decir. Somos felices, dormimos juntos, tenemos un sexo con calificación de notable y dos niños listos guapos sanos y cariñosos. Yo misma tendría envidia de una familia así si la viera a la hora del aperitivo en una terraza. Y si no formara parte de ella.
Bruce es mi capricho, mi secreto, el hombre que me hace sentir especial entre tantas madres iguales a mí cuando voy a recoger a los niños a la puerta del colegio. El es mi aventura; es de esas cosas que nunca llegas a confesar a nadie porque perderían parte de su encanto. O porque te harían sentir bien tonta.
Hoy es viernes y mañana será sábado. Creo que sólo eso me da fuerzas para aguantar con una sonrisa la estancia en este hotel austero antiguo familiar rancio, a sólo diez minutos en coche de las mejores pistas de esquí del país según la clasificación de no sé qué revista sobre el tema. Si no tuviera todo el cuerpo dolorido después de tantas caídas y tantas magulladuras sufridas a lo largo de los años en otras pistas, en otros paisajes, en otros intentos por ser feliz yo también subiría cada mañana a esquiar y no me sentiría tan sola en el hotel vacio. En estos tres días lo he intentado de todas las maneras: me he puesto el mono rojo que dice fru fru frú cada vez que entro en el comedor con mis piernas un poco demasiado gordas que hacen música al andar. Fru fru frú digo yo como quien dice buenos días. Fru fru frú me contestan todos los inquilinos madrugadores que no quieren perderse ni un minuto de esquí.
Y a los niños se les hace la boca más grande. Se les llena de sonrisas y de palabras.

- ¡Qué bien, hoy viene mami con nosotros! ¿Verdad, verdad?
- ¿Vas a esquiar hoy? Yo te acompaño por las pistas azules, mami. No tengas miedo
- No tiene miedo, es que le duelen las rodillas.
- ¿Te duelen las rodillas, mami?

Y no me atrevo a decirles que odio el crujir de la nieve bajo mis pies, que las laderas blancas se parecen a las de mis pesadillas.
Subo a las pistas, por subir. Por no volver a excusarme, por no ser la que agua todas las fiestas aunque el clavo que llevo en el fémur se ha vuelto tan pesado como la barriga de una gata a punto de parir. También me pesa el desayuno, demasiado copioso si no es para hacer ejercicio, y demasiado contundente como para empezar a moverme. Lo mire por donde lo mire, me he equivocado con los huevos y el beicon. Me siento tan torpe, es tanta la carga que las botas se me traban con la impaciencia y antes de ponerme los esquís ya me he caído dos veces.

- ¿Te has hecho daño?
- Yo te ayudo a levantarte, mami.

El clavo se vuelve de plomo y las tripas se me suben a la boca.

- No es nada, ya estoy.

Y ya estoy al borde de la ladera, mirando hacia abajo. A punto de matarme. De morir de miedo. Los recuerdos de otras caídas pegados, como el frío, en la mandíbula inferior. Ni yo reconocería mi voz.

- No bajo.

No puedo bajar.

- No puedo bajar.

Me quito los esquíes y siento que la nieve se ríe bajo las botas.
La mañana se hace aún más larga en la cafetería a pie de pistas, mirando a la gente deslizarse con el recuerdo de las lágrimas en los ojos ya húmedos para el resto del día, y el culo frío, empapado, humillado después de haberse restregado cuesta abajo por la nieve para ponerme a salvo. Sana y salva. Una mierda. Dolorida, ya lo dije; humillada. Una mierda, así es como me siento. Así es este viaje al que no debería haber venido.

- No debería haber venido- digo durante la cena.
- Si no vienes tú no hubiéramos venido ninguno. No digas tonterías. Lo has intentado. La próxima vez lo conseguirás.

Trata de consolarme delante de los niños pero ellos están al flan y a las natillas.

- No va a haber próxima vez.
- Eso como tú quieras, pero yo estoy feliz de que estés aquí. Con nosotros.

Con vosotros. Con agujetas. Con un relajante muscular y un Lesatín en la mesilla para poder dormir. Y el sábado por la noche con Bruce, que no me verá cansada de la nieve y del miedo; me cogerá en sus brazos y volaremos como si nadásemos. Pero no digo nada de eso. Nunca le digo nada de eso ni de muchas otras cosas que quisiera hacer o dejar de hacer; nada que le haga daño. El marido perfecto; la pareja perfecta. No seré yo la que rompa el sueño.




No serás tú la que rompa el sueño, si acaso, con el tiempo, los sueños te romperán a ti en trocitos si no pones remedio. Si no empiezas a vivir en el mundo real.
Pero hoy, sábado por la mañana, es el momento de soñar. Los niños han ido corriendo a buscarte a la habitación bien temprano aunque ya les habías avisado de que no subirías a las pistas. Entran como una avalancha.

- A qué no sabes quién está en el hotel.
- Mami, mami. Hemos visto a Brus Spristín.
- Imbécil, ¿por qué se lo dices? Tenía que ser una sorpresa.

Y vaya si lo es: la sorpresa de tu vida. Por primera vez en estos días piensas que habéis hecho bien en reservar en el mejor hotel de la mejor estación con la mejor nieve. Donde cualquiera quisiera estar; incluso un cantante famoso en busca de un poco de anonimato amparado por la intimidad del pasamontañas y las gafas gigantescas que protegen de la ventisca y de las miradas indiscretas.
Te da tiempo a ahuecarte el pelo y a esponjar las alas por si tienes que echar a volar.
Lo ves primero de espaldas. Parece Bruce. Viste como Bruce. Huele como debería de oler Bruce pero su acento gallego no te cuadra cuando le oyes hablar con unas chicas que le están haciendo fotos.
Podría ser pero no es. Y a veces las imitaciones, por más buenas que sean, no valen. Pueden servir para hacer anuncios, para hacerse fotos junto a ellas pero no para que la vida deje de ser una mierda.

- Hoy tampoco subo. Si sale el sol saldré a dar un paseo por aquí.
- Lo que tú digas. No sé para qué hemos venido si no pensabas esquiar.

"Y qué", le vas a contestar. "¿Acaso no hemos venido porque eras tú el que querías venir, el que quería esquiar, el que quería enseñarles a los niños cómo pasarlo bien en familia, el que quería hacerle kilómetros al coche nuevo?"  Les das un beso y te vas sin decir nada.
Sales a pasear. Cruzas la carretera en busca de un camino que te ayude a ordenar las ideas. No vas a ningún sitio; la nieve ha borrado todos los senderos. Y te gusta pensar que esa es una metáfora de tu vida: pasos que no te llevan a ningún lugar, confundida siempre en las encrucijadas. Caminas dejando tu huella en la nieve virgen, sin cruzarte con nadie y sin nadie que te siga. Y le ves.
Ahora sí es él.

- I was waiting for you- te dice.

Por fin alguien que te espera. Tu sueño estaba soñándote.

- Perdona si he tardado; es que no sabía que estabas aquí.

Está muy guapo; lleva el pelo desordenado y un chaleco de cuero encima de la camisa remangada. Te atreves a enredar los dedos en su pelo; es él. "Come closer", te dice, y aunque no entiendes el inglés, sabes que está diciendo que te quiere sentir aún más cerca.
Te sientas en una piedra que asoma, tímida, entre la nieve que sigue riéndose, como siempre, bajo tus pies. "Aún más cerca; conmigo. Más cerca. Sobre mí, para que no tengas frío".
No se ve el sol. No se ve nada, pero en los sueños no hace falta luz.
Para que el sueño continúe debes quedarte dormida. Te arrebujas y piensas en dormir. "Es sábado, -te dices-; es nuestra noche. La noche más dulce".
Esta vez es todo real. Bruce ha soñado contigo.
Por fin.

lunes, 19 de noviembre de 2012


APRENDER A LEER
APRENDER A ESCRIBIR
clara2tabares@yahoo.es


La gran mayoría de los que decidimos un día sentarnos a escribir somos ya grandes lectores. Debería, al menos, ser así, pues no hay mejor escuela para escribir que haber leído y leer leer leer. Sin embargo, en muchos de los talleres de los que he asistido como alumna e incluso en algún Máster para escritores, me he encontrado con gente que aseguraba que no le gustaba leer. Por prudencia, nunca les he dicho lo que pensaba, que si ellos no se tomaban la molestia o el placer de leer, qué les hacía suponer que alguien querría leeros a ellos. Hay que tener una gran vanidad o una gran  irresponsabilidad para ponerse a escribir cuando jamás se ha sentido el impulso de leer. Y no hablo de que debamos leer a otros para copiar su estilo o buscar fuentes de inspiración, que por qué no, sino de saber reconocer las formas, las tramas, el estilo, la voz de otros, para luego buscar cada uno los suyos.
Este curso, que se imparte en su totalidad  por ordenador, trata de conseguir que cada uno encuentre su propia voz narrativa a partir, primero, de la lectura analítica, de una parte teórica que nos sirva como herramienta para comentar lo leído y saberlo aplicar en lo escrito y, por último, de una parte práctica. Estas tres partes se realizarán de forma simultánea, para que cada alumno tome conciencia de cómo cada lectura o cada aspecto teórico no es más que una puerta, una posibilidad que se le abre para que tome el camino que desee con su escritura.

PROGRAMA DEL CURSO
Antes del comienzo del curso se comenzará con la lectura de "La dama del perrito", de Antón Chejov.
Enero.
Miércoles 9: envío de teoría y propuesta de escritura para enero.
Miércoles 13 comentario a través del chat de "La dama del perrito".
Miércoles 30: envío de trabajos según la propuesta realizada el 9 de enero.
Febrero.
Miércoles 6: envío de teoría y propuesta de trabajo para febrero.
Miércoles 13: envío de los comentarios de la profesora a todos los trabajos de la propuesta de enero y chat para hablar de "El gran Gatsby", de  F. Scott Fitzgerald.
Miércoles 27: envío de los relatos según la propuesta hecha el 6 de febrero.
Marzo.
Miércoles 6: envío de la teoría y propuesta de escritura para marzo.
Miércoles 13: envío de los comentarios de la profesora a todos los trabajos de la propuesta de febrero y chat para hablar de "Tren nocturno", de Martin Amis.
Miércoles 27: envío de los relatos de los alumnos según la propuesta hecha el 6 de marzo.
Abril.
Miércoles 10: envío de los comentarios de la profesora a todos los trabajos de la propuesta de marzo.

DURACIÓN Y PRECIO DEL CURSO
El curso tiene una duración de tres meses, no incluyendo aquí el tiempo de la entrega de los últimos trabajos por parte de la profesora.
El importe del curso es de 100 euros, de los cuales, el 50% debe abonarse antes del 20 de diciembre como reserva de plaza y el 50% restante antes del 5 de enero. 
Si estás interesado escríbeme a: clara2tabares@yahoo.es

miércoles, 16 de marzo de 2011

La vida en pedazos

Sobre la mesa del café dos posavasos y una sola cocacola apurada hasta el agua sucia que dejaron los hielos al derretirse. El otro posavasos, limpio, planchado, virgen. Sin usar.

En la pantalla del ordenador:
Carlos: te espero, amor. No importa que llegues tarde. Acabo de pedirme algo.
Susana: … si no, nos vemos mañana. No sé a qué hora voy a terminar.
Carlos: que no, que de verdad que no me importa esperarte. Eres lo mejor de mi vida.
Susana: Sabes que no me gusta que me digas esas cosas. No quiero que dependas de mí.
Carlos: Dependo de ti. Te amo. Te necesito.
Susana: Ya hemos hablado de eso. Bueno, si puedo voy; si no he llegado a las nueve, vete. Me queda mucho trabajo y las chicas quieren que nos tomemos unas cervezas para despedir a Gloria antes de que se vaya a Brasil.
Carlos: ¿Vas a ir a tomar una cerveza con las chicas?
Susana: Algo rápido. Si me enrollo te llamo. Si no, mejor quedamos mañana; me estoy agobiando.
Carlos: Te espero.
Susana: Como tú veas.

En el ramo de rosas rojas, cansadas de esperar a que las miren, la tarjeta dice:
TE AMO MAS QUE A MI VIDA.
En la servilleta, escrito con letras repasadas una y otra vez con bolígrafo negro hasta romper el frágil papel: SUSANA, SUSANA, SUSANA, SUSANA, SUSANA.
En la muñeca del hombre, un tatuaje: SUSANA.

El camarero le acerca sin hablar la carta de combinados. “Por si desea algo más mientras espera, le dice con algo parecido a una sonrisa”. De qué se ríe este cabrón, piensa Carlos.

CAFÉ DESENGAÑO.
C/ Desengaño, 13.
Cócteles para enamorarse y para olvidar.
Corazón loco: ron, cocacola, zumo de naranja y vodka.
Sucedió en Madrid: licor de café, miel de caña y whisky.
Pasión de una noche: cava y unas gotas de zumo de fresas.
Venganza de mujer: whisky, zumo de limón y una nube de angostura.

En la mesa de al lado, la Tía Julia le va dictando al escribidor, que no aparta los ojos del papel en el que escribe con un lapicero al que le va lamiendo la punta de vez en cuando: “el hombre de la camisa gris parece detenido en mitad de una pesadilla. No mira, no se mueve, no escucha el bullicio del café. Cualquiera diría que está esperando a que le llegue la muerte. O a que le sorprenda la vida. Pero la vida no da sorpresas después de cierta edad, sólo los jóvenes tienen la esperanza de que las cosas sucedan por un azar caprichoso y benévolo; los viejos sabemos que hay que caminar siempre hacia la luz para que la oscuridad no nos vaya ganando terreno. La oscuridad es invasiva, lo quiere todo. Es voraz, impasible, irremediable. El reloj enorme, cruel, va marcando el paso del tiempo. Las nueve, las diez. El hombre continúa sin moverse.”

Parecería que no va a moverse nunca más, pero reacciona ante el sonido de su teléfono sobre la mesa. No es una llamada, sólo es un mensaje: NO ME ESPERES; NO VOY.

Todos en el café evitan mirar al hombre, que parece que está desapareciendo. Toda la ropa se le ha ido quedando grande. La tía Julia cierra los ojos un instante y musita “todo va llegando a su fin. El hombre quizá no lo comprenda pero ha llegado el momento”. El escribidor deja que las lágrimas le resbalen por el rostro y humedezcan el papel. La punta del lápiz se rompe: No puedo escribir más, querida -dice.
El camarero se mueve detrás de la barra. Maneja las botellas, los zumos de fruta y las sustancias prohibidas. Lo mezcla todo con la única energía que parece quedar en el establecimiento.
Se acerca al hombre y le tiende una copa roja, ancha, con el pie barroco dorado:
-          “Dulce veneno”, señor. Espero que le guste. La casa invita.



lunes, 27 de diciembre de 2010

Yo y King JOhnson


En el mundillo de la música me envidiaban por mi olfato para descubrir nuevos talentos musicales y, en el mundo del dinero, el lujo y el poder era envidiado por todo y por todos. Recorría las calles de Detroit buscando caras fotogénicas, chicas negras con caderas como contrabajos y contrabajistas que quisieran abandonar su instrumento y cantar mientras chicas negras movían sus caderas como contrabajos. La América Blanca podía seguir pisoteando nuestros derechos, pero a la hora de bailar, los blanquitos se movían al ritmo que marcaban los negros de la Motown.
En general no resultaba muy difícil que los chicos dejaran sus ropas de negros de la calle y cambiaran las pelotas de baloncesto por pañuelos de seda;  los brothers y las sisters de Detroit tenían hambre de gloria, popularidad y carne. Algunos de ellos, horteras desde la cuna, aprovechaban sus comisiones para comprarse trajes de pantalón acampanado y camisas de cuellos tan grandes como sus bocazas, pero lo de King JOhnson era excesivo.

King JOhnson era un negro escuálido y desgarbado aupado sobre unos zapatos blancos, el derecho con un alza enorme. Un día me contó que se había roto la pierna en tres pedazos cuando, con nueve años, se cayó del árbol desde el que espiaba a su hermano besándose con el hijo del abogado que defendía a su padre por intento de violación de una jovencita que era la sobrina o la querida de un mandamás de la empresa que fabricaba las agujas de los tocadiscos y que a pesar de las operaciones aquella pierna no creció más y se le quedó como era con nueve años.
Como te he dicho, todo era excesivo en King JOhnson;  hablaba sin parar y follaba más que hablaba. A nadie le importaba que mandara fabricar un tacón gigantesco para su zapato derecho y que intentara disimular su cojera; a casi todos les fascinaba su andar tambaleante como si sus pies escribieran perpetuamente un rhythm and blues. Y era grande, muy grande. Y muy caprichoso. Y muy maricón. Aparecía en el escenario con el pantalón celeste tan ajustado que le partía los huevos y se los inflaba como un globo, sus zapatones blancos con alza dorada y sus gafas de sol hasta que las chicas de la primera fila le gritaban, le suplicaban que por favor, les dejara ver sus ojos.

-          Queremos verte, King. Déjanos verte. Enséñanos los ojos.



Y entonces King les daba gusto como nadie más podría darles; se quitaba las gafas y mostraba sus ojos perfilados con lápiz como una Mata Hari negra y maricona; un éxtasis colectivo recorría la piel impoluta de las chicas y empezaban a perder la virginidad. Estaba guapo el cabrón, la verdad es que estaba guapo y los chicos y las chicas alcanzaban el orgasmo -oh, my Lord- y gritaban cachondos y la máquina de hacer dinero funcionaba a toda velocidad. Nunca los niñatos blancos se habían movido al ritmo que les marcábamos. Ni las Marvelettes ni las Supremes ni el lascivo Marvin Gaye; hasta entonces el soul era de negros, el blues era de negros, las caderas en balancín eran de negros, las piernas hechas un nudo eran de negros.

King JOhnson se hacía la manicura, se hacía limpiar el cutis con vapor, se ponía aceite de visón en el pelo... nada que no hicieran el resto de mis chicos y chicas en cuanto se veían con unos dólares en el bolsillo. Cantaban, ganaban dinero, se lo gastaban, cantaban y ganaban más dinero. Pero casi nunca abrían sus bocazas para rechistar. King JOhnson hablaba mucho y cantaba como los putos ángeles negros de esos que hacía poco había descubierto el tal Machín; y yo le quería por eso. Si dejaba de dar por culo le llevaría a Las Vegas y los dos nos emborracharíamos de oro.
Pero le tenía querencia a los niños blancos, a los jovencitos llenos de granos que a todo le decían que sí porque sus padres a todo les decían que no.

- Vas a joder tu carrera, King.

Y se reía. Se tocaba la piernecita derecha que cada día parecía más pequeña. El muy cabrón se reía porque era casi dios, -my Lord-, y me contaba que su pierna dejó de crecer cuando su padre le arreó una paliza y le pegó con la pala porque le había descubierto masturbándose entre las calabazas y aquella era su parte de Peter Pan y eso que me llevaba de ventaja porque siempre sería capaz de disfrutar como un niño y no sé qué más.
Un día se marchó y me dejó colgado con dos temas nuevos, “let me touch your soul” y “love in C”. Negocié con otros artistas pero jamás les dejé cantar aquellas canciones que estaban escritas para King, para la voz de King, para el balanceo imperfecto de los pies del Rey JOhnson y que tarareo a solas con mi piano y un Jack Daniels sin hielo.

Se había ido. Me dejó; aún no estaba muerto, pero de eso ya se encargaría el tiempo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El secreto. No se lo digas a nadie

Las escuchaba hablar. Yo estaba sentado en la mesa de al lado tomando un capuchino que de tanto alargarlo se había ido quedando frío.Al principio casi no les prestaba atención, pero justo en el instante en que una bajó la voz y dijo en un murmullo "no se lo digas a nadie", todo cuanto me rodeaba perdió su interés y sólo tenía oídos, ojos e intención para ellas dos.
- No se lo digas a nadie, por favor. Necesito contarte. Nada más.
Por lo que seguí escuchando, no pedía consejo ni apoyo moral; sólo un poco de atención. La mía la tenía; la de su amiga también.
Comprenderán ustedes que no dé muchos detalles acerca de la confidencia que hizo. Si les cuento esto, por poco que les parezca, es porque también yo necesito decirles que sé pero que callo. Me siento muy sólo creyéndome casi el único depositario de un secreto tan grande. La amiga hambrienta de secretos, la voraz oyente parecía una esfinge pero casi me llegaba el rumor de su pensamiento.
"Claro, "no se lo digas a nadie", me ha pedido. Leal como una perra; una perra y ella mi amita, dándome secretos para comer. La perra es la mejor amiga de la mujer. Calla. Escucha. Mira para otro lado. Y este gilipollas haciendo como que no se entera de nada. Con la oreja puesta; vaya orejas. Dumbo. Yo una perra y éste de al lado un dumbito. Ay, cuánto echa de menos una mamá; las tetitas de mamá, como todos. Y habla . Y escucho."
Desde mi mesa de oyente, imaginé que yo podría ser el confidente perfecto de esa mujer divina. A la devorachismes se le veía que se le iban los dientes golosos detrás de cualquier cotilleo que la diera cierto poder.
"Me lo cuenta a mí y ella como una santa. Santaputa pide perdón. Nunca pide perdón. No necesita mi perdón. Juro silencio; seré una tumba. Se vacía; me llena de angustia. Leal. Tonta; no, tonta, no. La escucho. Está guapa. Guardaré el secreto; lo intentaré. Seré una tumba"
La amiga empieza a retorcerse en la silla. Está incómoda. No es fácil escuchar y no juzgar. Se ve que lo está intentando pero que le cuesta mantenerse callada. Fría. Por mi parte, yo estoy a punto de reventar como una caldera de agua hirviendo por eso se lo cuento a ustedes, para dejar escapar un poco de presión.

- Y ya; eso es todo. Gracias por estar siempre ahí. Voy un momento al cuarto de baño. Espérame; pago yo.
Supongo que va a lavarse un poco la cara para recomponer la máscara feliz. Mientras, su amiga parece haberse hecho vieja de golpe y yo aún no me creo lo que acabo de escuchar de esos labios preciosos, de esos ojos preciosos. Manos largas, lengua afilada, intenciones morbosas. Vuelve en dos minutos.

- Si quieres nos vamos ya. Me he quedado como nueva.

domingo, 31 de octubre de 2010

Punto muerto (un cuento)

Atascado. Lento. Joder, parado. Parado en mitad de la nada. Una recta interminable de Castilla y yo aquí en el coche. Fuera, unos cuarenta grados. Cuando todo se tuerce, se tuerce todo menos esta recta a la que no veo el fin.
No llego. Maria, desnuda, esperándome con los pezones duros, oscuros; lo mejor del hotel es el aire acondicionado. Maria es lo mejor de mi vida. María se ríe, se estremece, me hace feliz. Se dormirá esperándome; se quedará fría.
Joder, aquí parado en este atasco. ¿Qué coño está haciendo el capullo que va primero en esta fila? Mi vida paralizada porque algún gilipollas ha pinchado.
Si no se hubiera roto el condón no se hubiera jodido todo. Yo quería a Dolores; éramos casi niños jugando a médicos. Un pinchazo que llegó antes de que Dolores supiera lo que es un orgasmo, así me lo ha dicho.
Estancado. Ni para alante ni para atrás. Van saliendo a estirar las piernas y a enterarse de qué pasa. Resignados; gilipollas. Ya no llego. No me esperará.
Dejo el coche abierto; que se lo lleven si pueden.  Busco cobertura y encuentro un sitio para mear.

-          Caballero, podría ser más discreto, que voy con dos niñas.
Pienso, "qué te follen", y digo:
-     Disculpe.

Follar. María pezones duros. También con Dolores tengo días gloriosos; lo pasamos bien a veces. Normalmente, no. Dice que no va a la peluquería porque no le gusta cómo le dejan el pelo. Desgreñada y sexi; Dolores.
María esperándome en Cuenca; le dará mil vueltas a la cabeza, se vestirá y se irá a cenar con su marido. Para eso está. No sé si me quiere para follar o para sentirse guapa; una reina. Desnuda y yo aquí que ni para alante ni para atrás. Ni María ni Dolores, sólo carretera y espejismos al sol.
Niños corriendo por el arcén.
Bajo las ventanillas. Las subo. Me tapo los oídos y me escucho respirar. Me agarro al volante con las dos manos y piso el acelerador. Hey, Sabina, le quité el contacto al coche. Me asfixio de calor.
Sudo, sudaba cuando me pusieron a mi hijo en los brazos. Mi hijo con su madre, probablemente en el cine. María cenando con su marido. La vida sigue; yo detenido en mitad de mi camino. Una larga fila de coches detrás de mí; coches parados delante.
No llego. No vuelvo. No voy.
Podría morir de hambre si no solucionan esto. Puede que se olviden de nosotros.
 Me moriré de rabia si María se va a cenar sin mí. Palomitas en el cine. María con el buitre de su marido.
Los niños corren y disfrutan del ahora. Ahora es una mierda.
Mi vida es una mierda; ni para alante ni para atrás. Atascado, enfangado. Enredado.
Encuarentado. En cuarentena. Sin salida.
Detenido en mitad de nada.
Parado.

viernes, 22 de octubre de 2010

El hombre de mis sueños

He soñado con Imanol. No me incomoda aunque él duerma a mi lado y me busque con las manos y siga mi rastro por las sábanas; como es la primera vez que le veo en sueños no me permito sentirme culpable. Otra cosa sería haber soñado con Bruce. Recuerdo cuando aún le decía la verdad:
- Me cantaba sólo a mí y me hacía cosquillas con su aliento en la oreja. Luego bailábamos "dancing in the dark".
Seguramente nunca le hizo gracia que le hablara de Bruce; convirtió mis sueños en una confesión de mis deseos íntimos. Lo hice porque me hacía feliz decir en voz alta lo que había soñado en voz baja. Siempre es un placer decir el nombre de la persona a la que amas en secreto.
Cuando estaba pensando que había perdido la capacidad de soñar, aparece Imanol. Vuelve la ilusión de un encuentro inesperado. Y esta vez, no le digo nada; no voy a decir nada a nadie.
Cambio las reglas del juego: esta vez no lo voy a compartir.